Los entrecruzamientos entre enfermedad y resiliencia son múltiples. No todos los enfermos, tras curar, se reinventan y convierten su mal en resiliencia. Quienes lo logran hacen escuela. Al cavilar y/o escribir sobre dolor, físico o anímico, resiliencia debería ser tema obligado. No sólo por el significado del concepto, sino por sus posibles implicaciones en el tratamiento de otros enfermos con afecciones similares.
No existe ni existirá una Escuela del dolor ya que cada enfermo padece y vive su mal de acuerdo a su historia y a los instrumentos con los que cuenta para combatirlo. “No hay enfermedades, hay enfermos”, enseñaban los viejos maestros que apreciaban más la clínica que el laboratorio. Tenían razón: cada persona vive su mal como vive su vida.
A pesar de las dificultades para construir una Escuela del dolor, la idea es válida: Las personas resilientes, y dentro de ese grupo los enfermos, sobre todo quienes padecen males crónicos o estuvieron al “borde de la muerte”, son maestros. Generan, sin percatarse, sin proponérselo, una cierta maestría. Después de haber vencido sus peripecias negativas, y tras haber confrontado temores y angustias, crean una serie de habilidades que les permiten mirar desde otros ángulos y hablar desde otro lugar. Los enfermos resilientes transforman esas habilidades en virtudes.
Resiliencia proviene del latín resilio, y significa volver atrás, rebotar, volver de un salto, resaltar. Múltiples son las definiciones de resiliencia; destaca, por sencilla, “Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y ser transformado positivamente por ellas”, a lo que agrego, “…y tener la capacidad de transformar las experiencias negativas en circunstancias positivas”. En su última edición, la Real Academia de la Lengua Española ha incluido resiliencia en su diccionario: “Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.
Las personas resilientes “hacen de lo malo algo bueno”, y enseñan con su ejemplo, con su forma de afrontar tropiezos y confrontar bretes. Extraen de las desgracias una cierta sabiduría, cuya simiente nace de la propia experiencia. La resiliencia no se enseña, se aprende al observar las respuestas de personas en condiciones similares frente a agravios, amenazas, pérdidas. Pobreza extrema, víctimas de maltrato físico o psíquico, prisioneros de campos de concentración, víctimas de catástrofes naturales y de genocidios, abandono afectivo o la pérdida súbita de un ser querido, son, de acuerdo a los estudiosos de la resiliencia, condiciones predisponentes. Las enfermedades deben incluirse en ese grupo.
Algunos enfermos, tras sobrepasar adversidades físicas o anímicas —ignoro el porcentaje, no existen estudios al respecto—, se convierten en portadores de mensajes positivos. Debería aprovecharse la experiencia y “ese modo de ser” de enfermos resilientes. Algunos hospitales cuentan con clínicas de autoayuda donde se comparten vivencias y se ofrece apoyo. La voz de un enfermo, escuchada por otros enfermos, transmite mensajes provenientes desde la experiencia íntima: sus notas y tonos son distintos. Quienes han recorrido la senda de la enfermedad siembran empatía, apoyo y comprensión y sirven como modelo para quienes inician su periplo.
Boris Cyrulnik (Francia, 1937), pionero en el campo de la resiliencia, y referencia obligada, sufrió desde la infancia, por ser judío, atropellos propios de la Ocupación nazi. De acuerdo a sus estudios —es neurólogo, psiquiatra, etólogo—, la resiliencia permite a las personas renacer después del sufrimiento. Quienes renacen, llevan en su equipaje de viaje, en su expediente clínico, en su bagaje de vida y de enfermedad, una serie de informes y recetas llenas de experiencias propias, con frecuencia, transferibles: los dolores comunes, cuando se comparten, si bien no se curan, se comprenden desde la perspectiva de la experiencia del otro, cuya experiencia, siguiendo a Cyrulnik, permite tejer a cuatro manos.
Algunos enfermos renacen cuando sanan y otros modifican porciones de su ser tras vencer la enfermedad. Esos enfermos se convierten en maestros por ser resilientes. Sus expectativas y miradas difieren de quienes no han sido víctimas de patologías. Escucharlos puede ser gratificante. Enseñan mucho. Las personas resilientes, en este caso los enfermos, tienen la virtud de aceptar la realidad impuesta por la enfermedad. Tienen, o generan, la capacidad de encontrarle, pese a las pérdidas, sentido a la vida, y durante el camino impuesto por la patología forjan una inquebrantable fuerza que les permite mejorar. De ahí, que sea infrecuente escuchar en enfermos resilientes quejas con respecto a su situación o a su destino. No suelen preguntar, “¿por qué yo?”, “¿qué hice para merecer este castigo?”.
El enfermo resiliente que sana, sobre todo cuando la enfermedad fue grave y prolongada, renace, contagia y hace del dolor escuela. Cuando esa sabiduría se comparte con otras personas afectadas por procesos similares, contribuye a mejorar el estado general del enfermo. Las/os profesionales de la salud deberían contar con el apoyo de pacientes resilientes dispuestos a dialogar con nuevos enfermos. Su experiencia, y su forma de mirar la vida, los dota, además, de una dosis sui géneris de ética: saben colocarse en el lugar del otro y entienden que las patologías se confrontan mejor cuando la ética dicta el tratamiento de la enfermedad. Esa terapia empática y compasiva, de igual a igual, es fundamental para las/os profesionales de la salud interesados en el concepto Escuela del dolor. No concluyo. Pensar en el triángulo resiliencia, empatía y ética es necesario.

